y nuestras 21 lenguas se incendiarán






︎CATÁLOGO



Especulemos —porque cada signo indica un nuevo camino—. En la imagen microscópica de una lengua humana se manifiestan figuras que parecieran ser lenguas más pequeñas. Como si la lengua estuviera compuesta por muchas lenguas. Como si ese órgano —que es músculo y papilas y mucosa— fuera en realidad una comunidad de lenguas que se replican y se insinúan. Y en esas lenguas diminutas, que conforman una lengua mayor, se puede revelar otra figura: una llama. Y si una llama es claridad y combustión, y si dentro de la imagen de una lengua se ven llamas, podríamos pensar que una llama podría ser una lengua. Que una llama es una lengua de fuego. En la imagen microscópica de una lengua hay llamas por todas partes. Llamas juntas. Llamas pegadas. Un incendio. Como si el lenguaje ardiera desde adentro, desde la propia estructura de la lengua. Más allá: como si una lengua —que es también una llama, que es también un incendio— fuera, además, un mundo: un espacio que se articula, que se pronuncia, que se consume en el acto de decir. Un mundo que se enuncia y se borra al mismo tiempo. Especulemos: una lengua es un mundo que arde.

Hablemos de números. O mejor: ardamos con ellos. El 21 en numerología medieval no era solo una cifra, sino una síntesis, un cierre, una cremallera. En el 21 está la suma de tres veces siete. Dos cifras sagradas. El tres: la trinidad, lo divino, el alma, la estructura invisible del pensamiento. El siete: la plenitud del universo, el tiempo hierático, el ciclo completo de la creación. En el 21, el tres y el siete no suman, se entrelazan. El 21 aparece como una cifra que condensa dos mundos: lo divino y lo terrenal. Un número que no solo cierra, sino que transforma, que marca el fin de un proceso y el acceso a otro nivel de comprensión.

El 21 también es histórico, jurídico, cultural. En derecho romano y medieval, los 21 años marcaban la capacidad plena de representarse a sí misma. El momento en que una persona puede asumir su autonomía legal. El 21 como rito de paso. Como frontera entre la tutela y la decisión. Como edad simbólica en la que se sigue un camino propio. El 21 simboliza la construcción de un mundo propio. Y, sin embargo, aquí la edad no importa. Importan los símbolos. Importa lo que el número organiza, lo que su forma sugiere, lo que su historia arrastra.

En el tarot, el número 21 corresponde a la carta de El Mundo. No es solo una carta: es un símbolo de plenitud. El cierre de un ciclo es el fin del viaje iniciático. En ella, un ser andrógino se suspende en el centro de una corona de laureles que es también un uróboro: una figura que se muerde la cola, un ciclo que se cierra sobre sí mismo. El Mundo no representa un destino, sino una pausa. Una pausa feliz, provisional antes de empezar de nuevo, antes del inicio de un nuevo viaje, antes del delirio que en el tarot comienza de nuevo con la carta 0 (El Loco). El Mundo como carta que condensa la totalidad, pero que también anuncia la fuga. El Loco como retorno, como posibilidad, como desvío. El tarot no cuenta una historia lineal. Es un sistema que se pliega, que se repite, que se contradice. Como el lenguaje. Como la escritura. Como el intento de decir algo que no puede decirse del todo.

El 21 como cifra, como carta, como edad, como umbral, propone una forma de mundo. Un mundo que se entrelaza como las palabras en una lengua, como los signos en la escritura. Crear mundos es también decirlos, nombrarlos, hablarlos. El 21 no es solo número: es ficción de una lengua cifrada, posibilidad de relato y gesto, una fábula que se pliega sobre sí misma. Como una lengua que se incendia. Como un mundo que se construye en el acto de ser nombrado. El momento en que todo parece haber sido dicho y, sin embargo, algo queda por decir.

A partir del Tratado del Todo-Mundo de Édouard Glissant, esta curaduría se articula como una constelación de voces, lenguas y gestos que no buscan ser traducidos, sino escuchados en su diferencia. La opacidad, la relación y la multiplicidad no son obstáculos, sino principios organizadores. El lenguaje no se presenta aquí como sistema cerrado, sino como campo de resonancia, como lo propone Suely Rolnik: un espacio donde lo sensible, lo político y lo poético se cruzan. Esta polifonía se entrelaza con la noción de Rolnik de las «palabras que afloran de un nudo en la garganta»: expresiones que emergen desde el cuerpo afectado por el trauma colonial y capitalista. Para Rolnik, el lenguaje no es un sistema cerrado, sino un campo de resonancia donde se cruzan lo sensible, lo político y lo poético. Las palabras no se imponen desde afuera, sino que se gestan desde la experiencia encarnada, desde la intuición y la escucha de las fuerzas del presente. En este sentido, su pensamiento se alinea con una práctica artística que descoloniza el deseo y libera el pensamiento de los moldes impuestos, permitiendo que emerjan lenguajes nuevos, aún sin nombre, que puedan dar forma a mundos por venir. La exposición, entonces, propone una trama viva de afectos y resistencias que, a través de la construcción de un lenguaje, asumen la construcción de mundos como umbrales.

Esta curaduría especula con enredar la energía que arde en el símbolo del número 21 con la creación de mundos, lenguas y ficciones, simulacros y tautologías. Reúne propuestas de 21 artistas que en 21 obras proponen mundos —lenguas y lenguajes— propios. 21 obras que encarnan las fuerzas del deseo, las ganas de ladrar con la energía excedente. 21 obras que especulan el derroche en la construcción de una gramática propia. 21 obras que son una espera; un espacio suspendido de fuerza vital. 21 obras que construyen ficciones y, al hacerlo, invitan a imaginar otros devenires. 21 obras que son lenguas que arden.


 



ARTECÁMARA 2025
en el marco de Artbo 
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Del 25 al 28 de septiembre de 2025

«Ven a vivir conmigo. Tendremos todos los libros de poesía que existen en el mundo. Toda la música. Todos los alcoholes que arden en los ojos y corroen el odio... y diremos tantos poemas que nuestras lenguas se incendiarán como rosas».*

Alejandra Pizarnik, Diarios, entrada del 4 de agosto de 1962.
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«Hay una lengua que yo hablo o que me habla en todas las lenguas. Una lengua a la vez singular y universal que resuena en cada lengua…»
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Hélène Cixous, 2006, La llegada a la escritura. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

ARTISTAS:
"Alejandra Alarcón Bautista
Andrés Felipe Castano
Beatriz Acevedo Duzán
Cinthya Escorcia
Daniel Blanco Lozano
Daniel España Zamudio
David Caicedo
David Rodríguez Yepes
Eder Mauricio Gallego
Federico Reyes Mesa
Gloria Velandia
Helen Alfaro
Laila Romero Cubillos
Lina Santacruz Pulido
Maria Antonia Plata García
Maria Mercedes Gutiérrez R
Mateo Jaramillo Velásquez
Paola Donato Castillo
Santiago Lemus
Sara Vera
Sebastian Gómez Vargas